Con un árbol bajo el brazo

Nuestro viaje es un sueño que estamos cumpliendo y con él vamos cumpliendo una misión, que es difundir el plantado de arboles por el planeta, con ese juego de palabras, queremos significar por el bien del planeta y por todo el planeta, como solución al calentamiento global.

Coincidente con nuestra visita, el dia 7.12.2012 en Puerto Madryn (Argentina) se lanzó la ordenanza Con un árbol bajo el brazo, consistente en la plantación de un ejemplar arbóreo en el espacio público por cada niño nacido en la ciudad. Además, cada ejemplar llevará una placa con los datos del niño que lo apadrina.

Esta importante ordenanza pretende crear una conciencia sobre la importancia que merece el cuidado de las especies vegetales. Incluso en la Constitución Nacional consta el Derecho que todos los habitantes tienen de gozar de un ambiente sano, equilibrado y apto para el desarrollo humano.

Tomaremos “prestado” el nombre ya que nos parece que sintetiza nuestra misión queremos que se plante un árbol por cada niño que nazca en el planeta, simbólicamente, pues necesitamos que se planten muchos mas.

Llamamos calentamiento global o cambio climático al incremento continuo de la temperatura promedio de la atmósfera y de los mares. Eso no quiere decir que todos los lugares se harán más calurosos, pues se crean desbarajustes en los patrones del clima, causando tormentas, sequías, huracanes, inundaciones, aumento de temperatura en lugares que hacía frío, y disminución en lugares de calor.

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Crónica de mi primer viaje a dedo

Era el año 2008, todavía vivía en Buenos Aires, y estaba cursando el segundo año de la secundaria técnica, en la que también estudiaban mis hermanos. Comenzaba un noviembre caluroso y se acercaba el cumpleaños de Fabricio. El día anterior le preguntó a mi mamá si podía invitar algunos compañeros para hacer un mini festejo.

¿Cuantos van a venir? – le preguntó mamá.

4 o 5, no más que eso – le contestó mi hermano.

Ese día salía a las 3 de la tarde, igual que Fabricio. Mamá nos quería ir a buscar (como siempre hacía), pero no entrábamos tantos en la camioneta. Habíamos acordado, la noche anterior, que nos íbamos a ir en ómnibus. Salí de la escuela esperando encontrarme con Fabricio y sus cinco amigos, pero había diez chicos más. Si, quince compañeros y amigos de Fabricio habían decidido ir a casa a festejar su cumpleaños. Llegamos a la parada de buses, previa manteada, y tomamos el primero. Hasta ahí el viaje había resultado bastante normal.

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La calle de nuestra escuela
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La plaza de Tristán Suárez
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Aún pasa el lechero
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Y los caballos transitan por las calles del centro

Llegamos a la estación y empezamos a esperar el segundo bus, el que nos dejaría a unas tres cuadras de casa. Después de esperar dos minutos (literalmente), se les fue la paciencia. Además no querían pagar el boleto del bus, excusándose con que no tenían dinero. Propusieron la idea de ir caminando, pero Fabricio y yo nos opusimos completamente. Estábamos a unas 15 cuadras de casa, pero de esas cuadras de campo (que son mucho más largas). No quisieron escucharnos, y empezaron a caminar.

Hicieron una cuadra (les juro que fue solo una cuadra), quejándose de que hacía calor, y que habían caminado mucho (¡Exagerados! ¡Fue solo una cuadra!). Empezaron a anhelar estar dentro del ómnibus, y a arrepentirse de haber elegido la opción de ir caminando. Escuché que uno proponía hacer autostop (o dedo, como decimos en Argentina), pero seguí caminando y omití ese comentario (¿Yo? ¿Haciendo autostop? ¿Con todo lo negativo que me habían contado acerca del autostop personas que ni siquiera lo habían hecho?).

Y frena una camioneta adelante mío. Los muy desgraciados habían levantado el pulgar sin mi consentimiento, con la suerte de que el primer vehículo que pasó, frenó. Salieron todos corriendo y subieron. Yo en ese momento estaba atónita. No quería subirme a la camioneta de un desconocido con quince varones más.

Fabricio, no voy a subirme a esa camioneta – le digo, un poco enojada.

¿Qué vas a irte sola caminando? – me dice serio.

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En una camioneta parecida (pero más destruida) viajamos

Ilusamente creí que él iba a venir conmigo, pero se negaba a acompañarme y, si decidía no subir, tendría que irme sola caminando. Sin ganas de hacerlo, entre a la caja de la camioneta, y empezamos a avanzar. Me tranquilizaba la idea de viajar con tantos chicos, y hasta llegué a plantearme la posibilidad de que, si algo llegaba a ocurrir, alguno de los tantos que viajaban conmigo iba a defenderme.

Avanzamos las cuadras a una velocidad que me pareció interminable. Cuando ya nos estábamos acercando, empezamos a gritar para avisarle al chofer que frene y nos deje bajar (a ninguno se le había ocurrido ir en la cabina), y no nos escuchaba. Incluso mientras pasábamos por un lomo de burro, le insistimos a uno de los chicos que salte de la camioneta, aprovechando la baja velocidad, y le avise. Pero nadie se animó, y se nos ocurrió empezar a golpear las paredes y techo de la caja. Después un largo tiempo golpeando, el chofer estacionó la camioneta y nos dejó bajar.

Creí que había pasado la parte más bizarra del viaje, hasta que vi que entre todos los chicos juntaron dinero y le pagaron al chofer 30 pesos (que en ese momento eran unos 6 dólares). ¡Treinta pesos por 15 cuadras! ¿Acaso el autostop no era gratis? ¡Un rato antes no habían querido pagar el boleto del bus que estaba 10 centavos, y le pagaron treinta pesos por quince cuadras!

Y si lo peor no había pasado, en ese momento llegó mi mamá con la camioneta y empezó a retarme por haberme subido junto a quince varones más en la camioneta de un desconocido.

Yo no quería subirme, Fabricio no me quiso acompañar… – le digo, y justo en ese momento un amigo de mi hermano grita:

“¡No! ¡Me olvidé la mochila arriba de la camioneta!”

Empezamos a seguir a la camioneta, cual película de suspenso. Le hacíamos luces, le tocábamos bocina, y nada. En ese momento empecé a plantearme la idea de que el chofer no escuchaba muy bien (o que los frenos no le funcionaban). Justo paró para cerrar las puertas traseras de la camioneta y buscamos la mochila.

Ahora comparto esta experiencia como una anécdota divertida, a pesar de que en el momento no me causó tanta gracia.

Nuestros amigos los Zapp

Como historia repetida, cuando somos pequeños, los mayores nos repiten que quieren lo mejor para nosotros. Una casa, un auto, la mejor educación y un buen trabajo están incluidos (y como primeros ítems) en la lista de tener una buena vida, y un buen pasar económico. Pocos (realmente muy pocos) son los padres que les enseñan a sus hijos a cumplir los sueños, a compartir, a ser feliz con lo indispensable, a respetar al prójimo. Un ejemplo, uno de los mejores ejemplos, son los Zapp.

Candelaria y Herman Zapp se conocen desde los 8 años, y ellos lo describen como amor desde el primer momento. A los 14 años, Herman decidió declararle su amor a Cande. Y desde ese entonces, jamás se separaron. Diez años después se casaron.

Cande y Herman tenían un sueño en común: viajar por tierra desde Argentina hasta Alaska. Entonces decidieron, con la mochila al hombro, llegar a Alaska y luego al regresar tener hijos. Su plan era llegar en 6 meses. Ahorraron el dinero suficiente, y poco tiempo antes de partir, Herman apareció con un auto del año 1928 que había comprado con la mitad del dinero del viaje. El Graham Paige ni siquiera arrancaba (llegó a la casa del matrimonio remolcado por una grúa).

Así comenzó, en el año 2000, el viaje que les cambió la vida. Partieron hacia Alaska a bordo de Macondo Cambalache con fecha de regreso, pero sin muchos planes, ni recorrido estipulado. Muchas fueron las veces que el auto tuvo desperfectos mecánicos. En Ecuador se quedaron sin dinero, y el resto del viaje lo hicieron con la ayuda de la gente. Además, Cande aprendió a pintar cuadros (bellísimos, por cierto), y con eso lograron sustentar parte del viaje. De una u otra forma, fueron generando efectivo para continuar la travesía por las tres Américas. En Estados Unidos nació su primer hijo: Nahuel Pampa. El viaje siguió. Y cumplieron su sueño: llegaron a Alaska.

Su viaje hasta Alaska duró más de 3 años y medio, y fueron hospedados por más de 800 familias. Regresaron a Argentina, lo supimos a través de una página web, aún no habian escrito su libro. Entonces, en el 2004, los conocimos personalmente. Y así fue como comenzó una bellísima amistad, gracias a un sueño en común que nos une.

en el 2004 cuando nos conocimos
en el 2004 cuando nos conocimos

Luego, comenzaron a recorrer Argentina: de La Quiaca a Ushuaia; dónde nació Lucas Tehue, su segundo hijo. Aprovecharon su estadía en Buenos Aires, y serrucharon el auto a la mitad (literalmente), y lo alargaron 40 cm, además de hacerle una carpa en el techo para que los chicos durmieran allí.

A principios del 2007 nos reencontramos en su despedida: se iban a EEUU y Canadá para escribir el libro en inglés.

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En Canadá nació Paloma Huyaa, la hija mujer de los Zapp. De allí partieron a Oceanía, y en Australia nació su cuarto hijo:

Marco Wallaby. Siguieron viaje, y recorrieron Asia.

Luego de recorrer el continente Asiático, partieron hacia África. Actualmente la familia de seis integrantes sigue viajando a bordo del Graham Paige, hospedándose en casas de familias, y aprendiendo de las distintas culturas. Sin embargo, extrañaban a sus familiares y amigos, entonces decidieron volver unos meses a Buenos Aires, pasar las fiestas y luego regresar a Sudáfrica, para viajar hasta Egipto.

Apenas nos enteramos que estaban en Buenos Aires, nos contactamos con ellos para, al menos, cenar juntos. Y lo que sería solo una cena, se transformó en compartir nueve días con una familia de lujo. Además tuvimos el placer de conocer a Clarita y Eduardo, primos de Herman, que nos recibieron con la mejor energía.

En cada conversación, el matrimonio Zapp nos relataba anécdotas de viaje emocionantes. Incluso Pampa participaba, y nos contaba situaciones que le habían ocurrido mientras recorría el mundo. Los días en la casa se tornaban cada día más divertidos, la confianza aumentaba, y las ganas de irnos desaparecían. Nos juntábamos todo el día, andábamos en bicicleta, jugábamos con los pequeños Zapp, almorzábamos y cenábamos juntos, íbamos a la plaza, y recordábamos momentos juntos, como aquel día en que nos conocimos, que Herman le dijo a mi papá que “estaba loco” por salir de viaje con cuatro hijos.

El libro de Cande y Herman, “Atrapa tu Sueño”, es sumamente inspirador, y compartir una tarde, una conversación, o algunos días con ellos, es totalmente enriquecedor. Los Zapp nos han enseñado tanto, tantísimo, en tan poco tiempo.

Y, como si fuera poco, nos invitaron a participar de la conferencia, y ofrecimos llevarlos hasta la sala en la cual brindarían la charla, mientras el Graham se encontraba en un museo sudafricano.

Durante y al finalizar la conferencia, quedamos todos emocionados, algunos llorando, por las palabras de esta maravillosa familia. Incluso Pampa se paró delante de cientos de personas a contestar preguntas, y con mucha naturalidad sorprendió a todos con sus respuestas.

Nos llevamos los mejores recuerdos de una familia maravillosa, y les estamos completamente agradecidos por habernos alentado durante tantos años, por apoyarnos desde un principio, cuando tan solo era un sueño, y por habernos guiado para seguir el camino correcto.

La despedida con la familia fue un poco difícil, compartimos tantos lindos momentos, que nos costó bastante alejarnos de ellos. Lagrimeamos un poco, aunque la convicción de un encuentro futuro nos alegró bastante.

¡¡Gracias por tanto Cande, Herman, Pampa, Tehue, Paloma y Wallaby!! ¡¡Muchas gracias familia Zapp!! ¡Los queremos mucho, y los llevamos siempre en nuestro corazón!!

Piano, sueño cumplido

De chica soñaba con ser pianista. A los 8 años me regalaron mi primer teclado; el cual me sirvió para aprender algo de música, pero al ser tan pequeño, no me servía para tocar canciones completas.

A Raúl Roche lo conocimos gracias a la Familia Pierandrei; y, sinceramente, es una persona muy amable. Aventurero de toda la vida, a los 18 años se construyó una carpa y vacacionó de esa forma. Hace algunos años se construyó un motorhome, con el cual recorrió, junto con su familia, gran parte de Argentina y países limítrofes. Sabe muchísimo sobre casas rodantes, y la suya es verdaderamente hermosa.

Actualmente él, junto con Yeni y Chuchi (su mujer y su hija), vacacionan todos los veranos en su motorhome, a orillas del Mar, en Punta del Este (Uruguay), junto a varios rodanteros y sus familias.

Raúl y Yeni

 

Raúl nos vino a visitar muchas veces durante nuestra estadía en la fábrica, y nos estuvo aconsejando y ayudando. Una tarde, conversando sobre la nota de la Revista Viva, él preguntó a quién le gustaba el piano. Yo levanté la mano, y le conté que piano no tenía. “¿Cómo que no tenes piano? No te preocupes, yo tengo un teclado, te lo presto con una condición: me lo devolvés cuando terminas el viaje, así tenemos una “excusa” para reencontrarnos”, me dijo, muy seguro.

A los dos días nos volvió a visitar, con el piano en los brazos. Él encantado de ayudarme, y yo de poder cumplir mi sueño de aprender piano durante el viaje.

El piano que me regaló

Además, nos invitó a conocer su casa rodante, y nos regaló varias canciones que interpretó en el acordeón (que lo heredó de su Padre).

Comparto esta historia para demostrar que los sueños se cumplen, hay que luchar, y saber esperar.

Gracias a Raúl, un sueño se está cumpliendo!!

¡¡Muchas gracias, Raul!!